Operación bikini

COLABORADOR-SECCION-CORONAVIRUS

por Felipe Mozos Soto

No se asusten por el título de hoy, nos les voy hablar de una operación secreta al estilo de Torrente para acabar con el estado de alarma, ni de una operación quirúrgica del doctor Cavadas, les voy hablar de una historia tristemente real, mi operación bikini.

Cuando empezó todo este asunto del coronavirus y el confinamiento forzado, yo ya estaba preparándome mi particular operación bikini, ya que este año había previsto lucir palmito en la playa.

El caso es que quería adelgazar los cuatro kilos, que los cocidos del invierno y los dulces de las navidades, habían dejado de recuerdo en mi cuerpo.

Durante el año con los trajes y las americanas se disimula bastante bien la barriguilla, pero a medida que el calor aprieta y nos vamos desprendiendo de ropas se notan más y más los malditos michelines, por eso cada marzo preparo una dieta y me pongo a tono, o por lo menos lo intento.

Pues bien, con todo esto del encierro, la ansiedad y todo eso, no he sido capaz de cumplir mi objetivo y resulta que ahora me quedan ocho kilos por bajar de los cuatro que me había propuesto, es decir que he vuelto a ganar peso.

Ya he empezado a trabajar y no por eso he bajado el ritmo de mis comidas, de hecho creo que es en el trabajo donde más estoy engordando.

Como los bares donde habitualmente tomamos un café o un pincho a mitad de mañana están cerrados, cada día nos pegamos unos almuerzos en la oficina de aúpa. Un día queso y jamón, otro una tortilla con otro poco de jamón, otro día callos y otro asadurilla que a mi jefa la quedan de rechupete, por si era poco otro empanada y otro más tarta y así cada mañana.

Los pantalones empiezan a apretar demasiado así que creo que me lo voy a empezar a tomar mucho más en serio y me voy a privar de algunas cosas.

Hoy iré a correr y si sobrevivo al esfuerzo me haré unas abdominales y unas flexiones, comeré sin pan y a la plancha.

Ya empieza el buen tiempo y harto tenemos con estar más blancos que la leche, tras dos meses sin salir de casa, como para encima entrar embutidos en nuestra ropa estival. Además con esto de las molestas y engorrosas mascarillas, cuando nos dé un poco el sol, bastante sorna tendremos con las marcas que nos quedarán en la cara, pareciendo al pato donald.

Imagínense con unas bermudas, una camiseta y la mascarilla de bozal y así todo el verano. Sólo de pensarlo me pongo malo, no sé si seré el único, pero ya me cuesta respirar.

Está visto y comprobado que los burgaleses somos más de frío, aunque nos guste el verano y el sol, tampoco nos importa si hace un poco de aire, no estamos muy acostumbrados al soporífero calor del sur.

Dicen las malas lenguas envidiosas, que a los de Burgos se nos reconoce en una playa a cuarenta grados, porque llevamos un jersey en la mano por si refresca, hombre prevenido vale por dos. De otra cosa no, pero de abrigarnos sabemos un rato, hasta cuando no es necesario, nuestro subconsciente nos arropa.

Si a Ud. le ha pasado lo mismo que a mí con la operación bikini, haga un último esfuerzo, que aún estamos a tiempo de no tener que cambiar todo el armario.

No sea que, entre todos esos que han estado haciendo deporte en casa, como si no hubiese un mañana frente al televisor y los que sí han tenido fuerza de voluntad para mantener su talla, nos dejen en ridículo porque luzcan un tipazo y nosotros nos tengamos que conformar luciendo un tripazo.

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