Ciudades que sí se toman en serio el problema del botellón: Granada

A las puertas de un fin de semana en el que el Ayuntamiento de Burgos presta, gratis, el Monasterio de San Juan, para celebrar una feria-promoción de bebidas alcohólicas, con un espacio reservado incluso para menores de edad, queremos echar la vista a ciudades que están empezándose a dar cuenta del grave problema que supone el consumo desproporcionado de alcohol.

Y empezamos por Granada, ciudad que no hace mucho era considerada como la capital española del botellón. En el Ayuntamiento granadino son más listos que en el burgalés, y parece que han sabido dar con las leyes (existentes en otras muchas ciudades) para acotar el problema de los chamizos. La fórmula es, en principio, sencilla. Si los inquilinos se niegan a abrir la puerta a los agentes o a permitir su acceso, la Policía Local rastrea  el censo, el padrón o el catastro hasta identificar al propietario del piso, a quien cargan la sanción. Y es que en las condiciones del contrato ya se especifica «la prohibición de organizar actividades molestas para los demás vecinos del inmueble».

Es una de las medidas, la que se está aplicando ahora mismo en Granada, pero hay más ciudades que han puesto cota a este tipo de irregularidades.La segunda medida tiene que ver con la clausura del botellodromo. Un invento que, tal y como era previsible, ha acabado convirtiéndose en un gueto que, más allá de controlar las molestias en la ciudad, que son siempre el menor de los problemas del botellón, ha servido para evidenciar un consumo desproporcionado de alcohol entre la población más joven.

Crear espacios específicos para dar rienda suelta a ese consumo abusivo no resuelve nada. Granada ha tardado años en darse cuenta, hasta el punto que casi todos los partidos políticos llevaban alguna propuesta electoral en este línea, en los comicios de mayo de 2015.

En definitiva, que Granada ha decidido poner fin a ese largo periodo en el que el consumo desproporcionado y reiterado de alcohol que era su bandera, para dar paso a una serie de políticas que pongan fin, además de al ruido, las molestias y la suciedad, a un gravísimo problema de salud pública.